Oda a Nuestra Argentina:

Nos dijeron sudacas
con la boca llena de mapas ajenos,
como si el sur fuera una vergüenza,
como si abajo del mundo
no ardiera también el sol.
Nos llamaron tercermundistas,
bananeros, corruptos,
pueblo sin modales ni destino,
mientras medían nuestra historia
con una vara fabricada en otro puerto.
Pero aquí estamos.
No europeos, dijeron,
aunque en cada barrio duerma un abuelo
con una canción de Italia,
una pena de España,
un apellido ruso,
un árabe, un polaco, armenios y judíos
mezclados con sangre guaraní,
mapuche, diaguita, africana,
y criolla.
No latinos, dijeron también,
como si pudieran borrarnos la lengua,
el mate compartido,
la sobremesa interminable,
la madre llamando desde la vereda,
el bandoneón llorando en una ventana
y el corazón jugando descalzo
en una cancha de tierra partida.
Argentina,
vos nunca fuiste una respuesta sencilla.
Sos pan y hambre,
riqueza y deuda,
palacio y conventillo,
doctor y cartonero
todos mirando la misma luna.
Sos la soja del campo
y el plato vacío de la ciudad.
Sos la promesa escrita con tinta de oro
y el contrato firmado a oscuras.
Tus gobernantes te vendieron por partes,
pero tu pueblo siempre volvió a juntarte.
Pedazo por pedazo.
Atado con alambre,
con estampitas,
con marchas,
con guitarras,
con madres caminando en círculo
para que la memoria no muriera.
Vos sabes de heridas.
Te arrancaron hijos,
te escondieron nombres,
te endeudaron los mañanas,
y te enseñaron a desconfiar
hasta de tu propia sombra.
Y aun así,
cada mañana abrís los kioscos,
levantas persianas,
amasas el pan,
cebas el mate
y salís a pelearle otro día
al incierto destino.
Eso no lo entiende el que te mira de lejos.
No entiende que un Argentino
puede maldecir su país durante una hora
y defenderlo durante toda la vida.
No entiende esta forma de amor
hecha de bronca y pertenencia,
de crítica feroz
y fidelidad inexplicable.
Como el gaucho que conoce
cada espina del camino
y, sin embargo, al caer la tarde
besa la tierra con los ojos.
Patria mía,
Potra indomable,
te quisieron poner riendas
imperios, generales, mercados
y señores de traje limpio.
Pero vos siempre guardaste
un relincho en la garganta.
Porque debajo del ruido,
debajo de la grieta,
debajo de los discursos
y de las banderas usadas como negocio,
vive todavía un país verdadero.
Está en la enfermera que no abandona,
en el maestro que compra tizas,
en el vecino que alcanza un plato,
y en la abuela que estira la jubilación
para alimentar a toda la familia.
Está en el científico que investiga
aunque le cierren las puertas,
en el pibe que patea una pelota
contra una pared descascarada
y sueña con el mundo entero.
Que digan sudacas.
Sí: somos del sur.
Del sur que resiste,
del sur que canta,
del sur que abraza
aunque tenga las manos vacías.
Que digan tercermundistas.
Nosotros sabemos
que no existen pueblos de tercera,
sólo pueblos heridos
y pueblos que todavía no han abrazado
su propia fuerza.
Que digan país bananero.
Nosotros responderemos
con soja, trigo, vid, con quebracho,
con hielos eternos, selvas y llanuras,
con mares que guardan nombres argentinos
y montañas que conversan con el cielo.
Argentina,
no sos Europa
no sos una copia fallida
de ninguna civilización.
Sos América con memoria,
América vestida de inmigrante,
América mezclada, contradictoria,
insolente y sentimental.
Sos un pueblo que cae de rodillas
pero nunca aprende a arrastrarse.
Y quizá tu grandeza
no esté en parecer perfecta,
sino en seguir buscando y levantándote
después de tantas decepciones.
Quizá tu destino no sea demostrar
que nunca fuiste pobre, corrupta o quebrada,
sino probar que ninguna de esas palabras
puede contenerte.
Porque un país no es solamente
lo que le hicieron.
Un país es también
lo que decide hacer con sus heridas.
Y vos, Argentina,
harás de cada cicatriz una guitarra,
de cada derrota una semilla,
y de cada insulto una bandera
sin odio, adonde todos son bienvenidos.
Algún día dejarás de pedir permiso
para sentirte digna.
Te mirarás entera:
indígena y europea,
africana y criolla,
urbana y campesina,
sabia y desmesurada,
rota y luminosa.
Y entonces comprenderás
que nunca estuviste al final del mundo.
El mundo comenzaba aquí:
en la pampa abierta,
en el viento patagónico,
en la garganta de los Andes,
en la multitud cantando un mismo nombre,
en millones de corazones
que todavía laten celeste y blanco.
Que el futuro te encuentre despierta,
sin patrones extranjeros
ni salvadores de ocasión.
Que te encuentre unida,
no por la soberbia de creerte superior,
sino por la humildad de reconocerte humana.
Y cuando vuelvan a preguntarte
qué clase de país sos,
alza la frente, Argentina,
y contesta sin rencor:
Soy el sur que sobrevivió.
Soy la adversidad que floreció.
Soy la patria imperfecta
que todavía cree en el mañana.
Y aunque muchas veces te quebraron,
nunca lograrán convertirte
en una nación sin esperanza.

de Laura Cuñer DuBois

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